18.00€

Y no te olvides de ser feliz
[9788499884103]

Autor(es): André, Christophe

En esta tan lúcida y personal recopilación de consejos y ejercicios prácticos, Christophe André nos acompaña por el sendero que conduce a una vida más realizada, más feliz y más sabia. Con este aprendizaje en psicología positiva podremos atravesar mejor los inviernos y los veranos de nuestra existencia.
Este abecedario constituye un método apasionante y convincente para aprender a vivir feliz.

Contenidos:
Introducción:
«¡Llame al jefe!»
Hasta ese momento todo había ido bien, todo era normal: llegamos
al final de nuestra comida de trabajo, en un pequeño
restaurante parisino, con un amigo extrovertido, un poco bullicioso
y muy resuelto, pero al que yo apreciaba mucho. Habíamos
comido bien, en un marco agradable, con un servicio
rápido y sonriente. Impecable. Y mira por donde, nuestro amigo
interrumpe nuestra charla, arruga el ceño y llama al camarero.
Este, un poco inquieto, intenta averiguar qué ocurre, pero
mi amigo no deja de repetir: «¡Llame al jefe, por favor!». El camarero
obedece, cabizbajo y perplejo. Yo pregunto: «¿Qué es
lo que ocurre, colega? ¿Qué es lo que está mal?». Mi amigo no
me contesta, sino que anuncia de manera enigmática: «Nada,
nada. Ya verás», con un aire satisfecho que no acaba de convencerme.
El camarero regresa con el jefe, que ha salido de su cocina:
«¿Algún problema, señores?». Y mi amigo contesta con una enorme
sonrisa: «¡Ninguno en absoluto, jefe! ¡Quería felicitarle en persona!
¡La comida estaba deliciosa y el servicio, perfecto!». Desconcertados
durante un instante (al parecer nunca les había sucedido
nada igual), jefe y camarero aceptan finalmente el comentario con
una sonrisa y un placer manifiesto. Charlamos con ellos unos ins-
tantes acerca de que los clientes, en efecto, no llaman al jefe más
que para quejarse, nunca para felicitarle.
Acababa de descubrir la psicología positiva.
¿Psicología negativa?
Hasta entonces, yo hacía psicología negativa, en mi trabajo y en mi
vida. Suscribía la visión de Jules Renard:1 «No se es feliz: nuestra
felicidad es el silencio de la infelicidad».
Como joven psiquiatra, tenía una visión simple de mi oficio:
curar a las personas enfermas y recuperarlas para que pudieran
reanudar el curso de su existencia; con la esperanza de no volver a
verlas, o al menos no demasiado pronto. Como joven humano, no
era yo precisamente un superdotado de la felicidad, aunque la
vida pudiera parecerme interesante y, a veces, alegre. Como no
existía nada positivo en el transcurso de mis días, me contentaba
con lo negativo, incluso con algo de humor, al estilo de Woody
Allen, cuando dijo: «Me gustaría terminar con un mensaje de esperanza,
¡pero no tengo! ¿Les servirían dos de desesperanza?». En
pocas palabras: «La psicología no tenía ninguna gracia y la vida,
bien poca».
Luego, poco a poco, fui abriendo los ojos, acerca de mi ofi cio y
de mi vida.
No te voy a contar mi vida aquí, ya hablo bastante de mí mismo
en este libro (de mí como representante común de la especie humano,
y no como ser particular, diferente o extraordinario). No
obstante, para mí la psicología positiva ha cambiado muchas cosas,
para bien, claro está. He comprendido que mi trabajo de médico
psiquiatra no consiste únicamente en reparar lo que está estropeado
en el espíritu y la mente de mis pacientes (psicología
negativa), sino también en ayudarles a desarrollar lo que funciona
bien en ellos, o que fácilmente pudiera ir mejor, a fi n de que puedan
ser más felices y saborear la existencia (psicología positiva). No
solo porque les quiero, sino también porque sé, porque ahora sabemos,
que la felicidad es una herramientas excelente que previene
la aparición de sufrimientos mentales o de sus recaídas (y como
en psiquiatría se recae mucho, también hay sitio para trabajar en
la felicidad). No es posible seguir considerando la psicoterapia
como un trámite que consiste en decir: «Hábleme de sus problemas,
una y otra vez, y luego ya veremos qué podemos hacer...». No
es posible seguir esperando a que la gente caiga y recaiga enferma
para tratarla y retratarla. Por eso necesitamos la psicología positiva.
Y tiene que ser realmente psicología positiva, nada de sucedáneos
ni de engaños...
«¡No piense! ¡Positivice!»
Lo que no es psicología positiva...
Cuando era un joven psiquiatra, recuerdo que mis mayores les decían
a sus pacientes deprimidos, una vez curados: «Bien, todo va
bien ahora, olvídese de todo eso, positivice y aproveche la vida».
Y por desgracia a menudo, unos meses o años después, los pacientes
recaían.
Desde entonces hemos comprendido que la depresión es una
enfermedad que tiende a la recurrencia, como el cáncer con las
metástasis. Cuidado: una tendencia no es una certeza. Lo que ese
término significa es que en ausencia de esfuerzos o de cambios en
la manera de vivir, si continuamos viviendo igual que antes, nuestros
sufrimientos tenderán a repetirse. Por eso, en la actualidad,
nos interesamos por la prevención de las recaídas: ya no decimos a
nuestros pacientes que se olviden, sino que modifiquen su manera
de vivir, su manera de pensar. No necesariamente nos esforzamos
en darles seguridad («ya está, se ha acabado, no volverá»), sino en
abrirles los ojos («puede volver a suceder»), a la vez que les ofrecemos
esperanza («pero son muchas las cosas que puede hacer para
evitarlo»). Les decimos: «piense en ello», pero no para asustarles,
sino para motivarlos a que se ocupen de ellos mismos. Y les proporcionamos
un programa preciso y nada de buenos consejos generales:
¡este es el trabajo de la psicología positiva!
Es cierto que cuando uno está curado, no hay que pensar demasiado
en lo que podría ir mal (en lo que puede ayudarnos la psicoterapia),
sino en pensar mejor lo que podría sentarnos bien (ese
es el papel de la psicología positiva).
Por tanto, la psicología positiva no consiste en ofrecer unos vagos
consejos generales: «¡Tómese la vida con calma!», o en animar
a «positivizar». Tampoco es una pantalla para no ver los problemas,
incitando al paciente a dirigir su atención únicamente hacia
los aspectos felices o alegres de su vida, arriesgándose a olvidar
que la adversidad y la desdicha también forman parte integral de
esta misma vida. No es una visión quimérica de la existencia, que
consistiría en esperar que la vida fuese suave con nosotros, o en
esforzarnos en verla así, contra viento y marea.
Se trata, desde luego, de algo más ambicioso, más complicado
y más sutil que todo eso...
¿Qué es la psicología positiva?
Pues simplemente es el estudio de lo que funciona bien en la mente
del ser humano, el estudio de las capacidades mentales y emocionales
que nos ayudan a disfrutar de la vida, a resolver los problemas
y superar la adversidad, o al menos a sobrevivir a ella. Es
trabajar en el cultivo de nuestro optimismo, confianza, gratitud,
etcétera, a fi n de comprender cómo esas valiosas capacidades pue-
den existir y perdurar en nuestras mentes, y sobre todo enseñárselo
a quien lo necesite. En mi caso, que soy médico, veo, claro está,
el interés que tiene para mis pacientes: ayudar a los deprimidos
a deprimirse menos, a los ansiosos a angustiarse menos, no solo
reduciendo sus síntomas, sino ayudándolos también a dirigir su
atención hacia todos los aspectos felices de sus vidas, algo que no
pueden hacer cuando están en la fase aguda de su enfermedad, y
que no saben hacer cuando están mejor. Y de manera más amplia,
además de las personas vulnerables, todos los seres humanos pueden,
claro está, aprender a llevar a cabo mejor su «labor como seres
humanos». El primer objetivo de esa labor es el bienestar y la
felicidad, que uno debe cultivar para sí mismo y para transmitir a
los demás. De ello se desprenderán numerosos beneficios, que son
de interés, más allá del mundo de la sanidad, para todas las instituciones
que en la actualidad están convencidas –y con razón– de
que las personas que se sienten bien interiormente darán lo mejor
de ellas mismas, tanto si están en situación de aprender (en la escuela),
de producir (en la empresa) o de dirigir con valor y generosidad
(en la política). 2
La psicología positiva reposa sobre tres conceptos: es una convicción,
una ciencia y una práctica.
Una convicción, en primer lugar: vivir es una oportunidad, que
a menudo malbaratamos, por falta de inteligencia. Pero no de la
inteligencia que sirve para resolver operaciones matemáticas o
problemas complejos, sino la inteligencia de la felicidad, que consiste
en ver la vida tal cual es, en su conjunto, con sus lados buenos
y malos, y de aceptar lo que llegue. Esa inteligencia no implica la
adquisición de nuevos conocimientos, sino abandonar viejas certidumbres,
barrer frente a la puerta de la mente para abrir paso a
la felicidad que, como todo el mundo sabe, reside en las cosas simples.
Como escribió Simone Weil: «La inteligencia no tiene nada
que encontrar, sino que despejar».
Una ciencia, a continuación: lo que diferencia a la psicología positiva
de los buenos consejos o de los métodos más antiguos (a veces
pertinentes en sus intuiciones), es la búsqueda de validación
científica. No solo de los buenos sentimientos, sino también de los
buenos argumentos: los estudios clínicos (¿qué es lo que funciona
y lo que no?), la biología, la neuroimagen, etcétera. En su investigación
metódica y rigurosa de lo que puede reportarnos más bienestar,
la psicología positiva reencuentra y confirma muy a menudo
los conceptos y convicciones de la filosofía antigua acerca de la felicidad:
para griegos y romanos, la búsqueda inteligente y ciudadana
de la felicidad era un objetivo valorado y legítimo, y suponía
un trabajo regular en uno mismo.
Una práctica, finalmente: saberlo, y los conceptos no bastan.
Nunca. Para progresar, hay que practicar.
Cinco reglas para la práctica de la psicología positiva
Existen numerosos trabajos y muchos manuales relativos a la psicología
positiva, pero todos insisten en los siguientes puntos, que
podrían considerarse cardinales.
1. Lo importante es lo que hago y no lo que sé.
Desde hace más de dos milenios, tanto en Oriente como en Occidente,
los sabios comunican a los seres humanos los mismos
mensajes: para vivir feliz basta con apreciar el instante presente,
mantener la cercanía con la naturaleza, respetar a los demás
seres humanos, llevar una vida simple y sobria, reaccionar
con lentitud en la ira, etcétera. Son tan evidentes que a veces a
esos consejos son calificados de «perogrulladas». No obstante,
por muy perogrulladas que sean, esas recomendaciones nos dicen
algo: sabemos y sentimos muy bien que son acertadas. Todo
el mundo escucha a los sabios, todo el mundo los admira, todo el
mundo los aprueba. Pero después, todos se alejan, nadie se pone
a trabajar y todo continúa como antes. Como mucho, se hace la
prueba a medias, para luego dejar de insistir, porque resulta
que es más difícil de lo previsto, porque no se obtienen resultados
instantáneos, o porque es un fastidio; y se acaba dejándolo
correr. Y si el sabio, un poco irritado, nos persigue y nos
agarra de la manga, nosotros le decimos: «Sí, sí. Lo sé, lo sé...».
¡Claro que lo sabemos! ¡Incluso un niño sabe lo que le hace feliz
y lo que hace que la vida sea bella! Pero no acabamos de darnos
cuenta de que la dificultad no radica en el saber, sino en su aplicación,
sobre todo si debe ser regular y prolongada. No se percibe
que lo importante no radica en lo que sé, sino en lo que hago.
¿Tal vez sea por eso por lo que los franceses nos llevamos tan
mal con la psicología positiva? ¿Será porque preferimos reírnos
sarcásticamente antes que probar, o porque valoramos demasiado
el intelecto y poco la práctica? Preferimos ser los pensadores
y comentaristas de la felicidad en lugar de sus artesanos
y practicantes.
2. ¿Sin sudor no hay felicidad?
Comprendemos perfectamente que para tener más aguante,
más fuerza, más flexibilidad, hemos de hacer esfuerzos regulares.
Sabemos muy bien que no basta con decir: «Vaya, a partir
de ahora, intentaré tener más aguante, fuerza o flexibilidad», y
quererlo, sino que deberemos esforzarnos corriendo, haciendo
musculación, yoga o gimnasia. Regularmente. Eso lo tenemos
claro, y no obstante, continuamos razonando de ese modo respecto
a nuestras resoluciones psíquicas: «Esta vez va en serio,
estoy motivado(a), y probaré a estresarme menos, a aprovechar
más la vida, a refunfuñar menos, a saborear mejor los buenos
momentos en lugar de contaminarlos con mis preocupaciones,
etcétera». ¡Pues no! ¡No funciona así! En este caso, igual que con
tener más aguante o musculación, no basta con quererlo: hay
que entrenarse. Este «entrenamiento de la mente» corresponde
a todos los ejercicios de psicología positiva, que no hay que
percibir como artilugios graciosos, sino como una creación y
una activación regular de los circuitos cerebrales que movilizan
las emociones positivas.
Reconozco de buen grado que la fórmula «Sin sudor no hay
felicidad» es un poco radical. La vida nos ofrece algunas alegrías
como oportunidades inesperadas e inmerecidas; en todo
caso, sin esfuerzo. Pero confiar en esas gracias caídas del cielo
tiene dos inconvenientes: 1) no son tan frecuentes, y 2) podemos
desaprovecharlas y ni siquiera llegar a percibirlas si nuestra
mente se retrae ante las preocupaciones y «las cosas que hay
que hacer». Por ello, un poco de hiel nos reportará mucha más
felicidad. A este respecto, un amigo me dijo: «Pero Christophe,
eso de la felicidad y el sudor, ¿no se parece un poco a una pareja
que se esfuerza por amarse? ¿No tiene el verdadero amor
nada que ver con esfuerzo, igual que la verdadera felicidad?».
Sí, chaval, salvo que... ¡También el amor requiere sus esfuerzos!
No tanto para suscitar el amor, sino para permitirle durar, profundizar,
evolucionar, seguir vivo y seguir siendo interesante a
lo largo de una vida en pareja. Sin ello, a pesar de que el amor
esté presente al principio, necesitará de más carburante a lo
largo del recorrido.4 Lo mismo ocurre con la felicidad: nuestros
esfuerzos no nos servirán tanto para convocarla o para hacer
que aparezca exnihilo, como para ayudarnos a atraparla al vuelo
cuando pase, para disfrutarla mejor. Y para mantenerla viva
y presente a lo largo de nuestra existencia.
Hay estudios que han demostrado que esos esfuerzos solo
sirven para acrecentar la felicidad cuando se aplican a estrategias
eficaces: cuantos más esfuerzos se hacen, más resultados
se obtienen. Con una condición: ¡que los esfuerzos sean buenos!
5 La psicología positiva se dedica a saber cuáles son.
3. Perseverar.
Los ejercicios de psicología positiva no proporcionan una sensación
de felicidad instantánea. O al menos, raramente. Se contentan
con preparar y facilitar esas sensaciones, con hacer que
estemos más atentos a las situaciones más agradables, más sensibles
a las cosas buenas y a los buenos momentos de la vida.
Los cambios son, pues, progresivos, como ocurre en todo aprendizaje.
Eso también lo sabemos todos: cuando se aprende algo
por primera vez, sabemos que nos hará falta un tiempo para obtener
resultados tangibles. Lo sabemos y lo aceptamos en todos
los aprendizajes: piano o inglés, acuarela o petanca... Para todos,
excepto para los ligados al bienestar psicológico. Nos gustaría
que eso funcionase de inmediato. Y como no es el caso,
solemos decirnos: «He probado, pero no funciona». Y llegamos
a la conclusión de que el método es ineficaz, o que no es para
nosotros. A menudo aparecen artículos satíricos sobre ese tema
en la prensa, burlas en los platós de televisión: «Lo hemos probado
todo para ser felices, y... ¿sabe qué?, es falso, ¡no somos
más felices!». ¿Qué diríamos de alguien que nos contase: «He
cogido el violín, el frotado las cuerdas con el arco, y no solo no
ha salido nada hermoso, sino que hacía un ruido horrible. ¡El
violín es una tontería!».
4. La cuerda y los hilos.
Los ejercicios de psicología positiva obedecen a lo que denomino
la lógica de la cuerda: una cuerda está compuesta por multitud
de hilos; cada uno de ellos por sí mismo es demasiado fi no
como para levantar cualquier peso. Pero trenzados entre sí, se
transforman en una cuerda, capaz de levantar o de remolcar
pesos importantes (como levantar la tapa de la desdicha, aunque
sea muy pesada). El entrenamiento de la mente relativo a
la psicología positiva obedece a este modelo: un solo tipo de esfuerzo,
de ejercicios, no basta para cambiar nuestras costumbres
mentales. No solo debemos repetirlos, como ya hemos visto,
sino también acumularlos y multiplicarlos. Asociados, representarán
una fuerza de cambio importante. Sucede lo mismo que
con la alimentación: aunque no comamos más que alimentos
beneficiosos para nuestra salud, hará falta un régimen variado
y equilibrado. Aunque las frutas sean buenas para la salud, comer
únicamente frutas acabará creándonos un problema. Existe
una gran variedad de ejercicios de psicología, que corresponden
a la muy amplia variedad de las cualidades que hemos
de cultivar para tener una vida feliz.
5. Un lugar para la desdicha.
La psicología positiva no tiene por objeto evitarnos por completo
el ser desdichados; sería poco realista. Su objeto es ayudarnos
a no serlo inútilmente, o demasiado tiempo, pues la adversidad
y la desdicha forman parte del destino humano y todas
las tradiciones, orientales y occidentales, nunca han dejado de
recordárnoslo: la desdicha es la sombra indisociable de la luz
de la felicidad. Por ello, la psicología positiva se interesa también
por la resiliencia, los medios con los que afrontar el sufrimiento,
no solo evitando o limitando las ocasiones de sufrir, cada
vez que sea posible, sino también echando mano de los recursos
mentales presentes en cada uno de nosotros. Por otra parte,
existe una interesante paradoja en nuestro mundo actual, al
menos en su parte rica y occidentalizada: cuanto más intenta
la sociedad protegernos de la desdicha, a través de numerosas
seguridades y ayudas, la evolución de las prácticas psicoterapéuticas
(y no solamente en la psicología positiva) reintegra cada
vez más el discurso clásico de los estoicos acerca de la necesidad
de aceptar que en nuestras vidas aparecerán sucesos contrarios,
y la importancia de prepararse, en lugar de soñar con no
tener que afrontarlos nunca.
Hacia una felicidad lúcida
Está claro que la felicidad, individual y colectiva, es el gran objetivo
de la psicología positiva. Pero también está claro que la felicidad
no debe servir como pantalla para hacernos olvidar la adversidad.
Más bien debe servirnos como combustible para ayudarnos
a afrontarla, como señaló Claudel: «La felicidad no es el objeto, sino
el medio de la vida». La felicidad es el medio para soportar la cara
sombría de la vida. Sin ella, la existencia nos parecería una sucesión
de fastidios y preocupaciones, y a veces de dramas. Que es lo
que es. Por fortuna, no solo es eso: también es una sucesión de alegrías
y descubrimientos, que nos ayudan a atravesar la adversidad
y nos motivan a continuar, pase lo que pase.
Así pues, es inútil lanzarnos a la búsqueda de una felicidad hidropónica
y fuera de temporada, como esas frutas siniestras forzadas
a crecer en invernaderos y sin tierra. La única felicidad que
vale es la que se enraíza en las estaciones de nuestra vida: deteriorada,
irregular, imprevisible, pero al fi n y al cabo deliciosa, con
una historia que la llena de contenido y sabor.
Sin embargo, aceptar la desdicha no es desearla, quererla ni
soportarla. Es simplemente reconocer su presencia sombría, saber
que estará ahí, regularmente, en todas las épocas de nuestra vida,
en forma de pequeños y ligeros toques (las «sombras en el cuadro»
de nuestros instantes felices) o mediante violentas tormentas (las
horas más sombrías de nuestra existencia). También es reconocer
que lo que hoy parece una desdicha, tal vez mañana o pasado ma-
ñana lo consideraremos como un accidente doloroso, pero que
cambió favorablemente el curso de nuestra vida. ¿Es necesario
buscar inmediatamente un significado, positivo o negativo, buscar
una coherencia, en todo lo que nos sucede? ¿O habría que aceptarlo,
con una sonrisa en los labios y el espíritu abierto al misterio,
como sugiere el poeta Christian Bobin? Bobin el clarividente, que
nos dice en este sentido: «También comprendí con mucha rapidez
que la verdadera ayuda no se parece nunca a lo que imaginamos.
Recibimos una bofetada por aquí, nos ofrecen un ramo de lilas por
allá, y siempre es el mismo ángel distribuyendo sus favores. La vida
es luminosa de tan incomprensible».6
Eso es: bofetadas y lilas aparecen en el programa de las páginas
que vienen a continuación.
¿Y el ángel?
El ángel, está aquí, detrás de ti.
Justo por encima de tu hombro.
Como de costumbre.

Comentarios


Búsqueda rápida
 
Materia:


Búsqueda avanzada


Cesta vacía

Compártelo
Compartir via email Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en Google Buzz Compartir en Digg

Editorial
Otros títulos


Síguenos en la red
Follow us on Facebook
Tweet Us!

Idiomas
Español Valencià