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Palabras con corazón
[9788499884110]

Autor(es): Manrique Salerno, María ...

La caligrafía china es considerada el referente más antiguo del expresionismo abstracto. Por ello nos resulta a la vez enigmática y fascinante. Los caracteres representan símbolos gráficos de un legado milenario, pertenecientes a un sistema de escritura que nos aproxima a los orígenes de la palabra.
Uno de los caracteres más significativos por su contenido simbólico, es el que define al órgano del “corazón”. En cuatro trazos, su esencia nos lleva de lo fisiológico a lo espiritual.
Esta rica concepción del corazón queda maravillosamente reflejada y trenzada en las caligrafías de estilo libre que Mª Eugenia Manrique nos brinda en esta obra. 64 palabras con corazón que se adentran tanto en el mundo de las emociones, en las funciones de nuestro intelecto como en lo más profundo del espíritu.
Fuerza, energía, variación y ritmo se conjugan en las páginas de este libro, con la finalidad de trasmitir la intensidad que alcanzan las palabras, cuando se expresan con el corazón.

Contenidos:
INTRODUCCIÓN
«Las palabras van al corazón, cuando han salido del corazón.»
Rabindranath Tagore
Este libro es parte de una historia que quiero compartir con ustedes, una historia
vinculada a la India, donde las palabras y el corazón son los principales protagonistas.
Una historia que comenzó en la primavera de 2012, cuando asistí a la presentación
de la Fundación Ramuni Paniker Trust* en la Casa Asia de Barcelona.
La invitación a la presentación, abierta al público en general, prometía un
evento entretenido; con música, testimonios, poesía, explicaciones, homenaje,
etc., que concluiría con un pequeño aperitivo de delicias indias. Verdadera tentación
que cautivó a una numerosa concurrencia, en la que se respiraba ánimo de
festividad.
Sin poder precisar el tiempo transcurrido, una a una de las intervenciones iban
llenando el espacio de emotividad. Las palabras, que en principio habían de cumplir
concretamente el fin de presentar esta fundación, se saltaban la barrera del razonamiento para transformarse en una expresión pura de sentimientos, acompañadas
con imágenes, música y poesía. Como colofón del evento, la voz vibrante de
Nimi Tom, joven enfermera de la India, becada por la Fundación Ramuni Paniker,
nos hizo conscientes con sus palabras y su mirada luminosa, de la importancia de
nuestra presencia. Con la emoción ya a flor de piel, le escuchamos decir: «Doy un
gracias desde el fondo de mi corazón, no hay palabras suficientes para expresar el
agradecimiento por esta beca».
Podría describir la experiencia de aquella tarde como uno de esos momentos
sublimes en los que se enciende una chispa que aviva nuestra conciencia y des-
pierta en nosotros la necesidad de dar una respuesta, a fin de crear un vínculo y un
compromiso que nos permita mantener encendida esa chispa en nuestro corazón.
La respuesta siempre es crear
Efectivamente, la respuesta es crear. Porque crear es transformar en nuevas formas
de expresión, las vivencias que —por muy breves que sean— llegan a tocar nuestro
ser interior. Es en cierto modo comprometernos, desde nuestra particularidad
y posibilidades, con lo que hemos recibido, ya sea para dar sentido a las propias
emociones que se han despertado o para ofrecer una continuidad y formar parte
de esa transformación constante que es la vida.
Es así como una hoja que cae puede transformarse en poesía, una bandada de
aves puede transformarse en danza, una mirada puede transformarse en abrazo y
unas palabras expresadas desde el corazón pueden transformarse en una exposición
caligráfica de palabras con corazón.
Acompañada con este libro, la exposición nace con espíritu de continuidad, de
compromiso y especialmente de expansión. Como las ondas que se expanden y se
reproducen cuando un pequeño guijarro impacta sobre la superficie tranquila del
agua en el estanque. Cada onda será una invitación a participar en esta respuesta
creativa, para transformar las obras caligráficas en sonrisas y en corazones alegres
llenos de esperanza e ilusión ante un posible futuro.
Hace más de una década comencé de la mano del maestro Abiko Keizo Sensei
el aprendizaje de la caligrafía. Lo que comenzó siendo una clase de prueba se transformó
en una Vía de conocimiento, en la que continúo cada día descubriendo la
esencia y la manera de estar presente en el aquí y el ahora. Es a través de esta Vía
que ofrezco mi respuesta, porque en ella encuentro la verdad que nos une y nos
integra en esa totalidad que conformamos a través de las distancias y los tiempos.
El primer carácter que me enseñó el maestro Keizo fue eternidad. En la práctica
simbólica y afortunadamente, el Shodo o camino de la escritura, nunca termina,
es lo más parecido a vivir la eternidad. Es mi mayor deseo ofrecer en estos trazos
una mirada al paisaje despejado y sincero de este infinito sendero.
LAS PALABRAS
Tanto en las escrituras sagradas como en la mayoría de los mitos y creencias de las
culturas primitivas, el origen de las palabras se encuentra vinculado a un principio
divino. Antes de que nada existiera, existía la palabra, que como un preciado
don nos fue entregada en el momento de nuestra propia creación.
Compañeras constantes en nuestro camino, las palabras nos han traído desde
los inicios de la humanidad hasta el tiempo presente. Cual raíces profundas, se encuentran
tan firmemente arraigadas en nuestro ser que resulta casi imposible imaginarnos
en un mundo sin palabras, y tal vez por ello preferimos optar por pensar
que siempre han existido.
Entre los múltiples mitos que existen sobre el origen de las palabras, particularmente
me resulta fascinante el de la antigua cultura africana de los dogon, grupo
étnico que habita al sudoeste del río Níger, en la región central de Mali. Según su
concepción, existen dos tipos de palabras claramente diferenciadas; la palabra seca
y la palabra húmeda. La palabra seca existía antes de la creación, representa la palabra
del espíritu, el pensamiento divino que se encuentra en el interior de todos los
seres y todas las cosas, pero que no tiene conciencia propia, por lo que no la conocemos
ni la vocalizamos. Mientras que la palabra húmeda es la palabra entregada
a la raza humana. Capaz de germinar la vida, penetra a través del oído hasta el interior
del cuerpo para engendrar y dar luz al entendimiento.
Desde una apreciación personal y más cercana a nuestra cultura, podríamos
entender que la palabra húmeda de los dogon corresponde al inconsciente y la palabra
seca, pertenece al lenguaje que usamos para expresarnos a nivel consciente.
Las dos habitan en nosotros; con ellas vivimos, pensamos, sentimos, nos expresamos
y comunicamos.
Ha de existir además un espacio común en el que ambas puedan convivir. Definido
por Friedrich Hegel como el órgano de la conciliación, el corazón es ese territorio
celular orgánico donde la sensibilidad inconsciente y el razonamiento encuentran
la armonía para dar luz a esa expresión vital, sincera y diáfana que albergan las
palabras que se sienten, se dicen y se escuchan como una resonancia del corazón.
La dualidad de las palabras
Según el pensamiento filosófico chino, el universo está regido por un principio de
transformación cíclica que se sucede en base a la interacción y alternancia entre
los opuestos.
Cualquier aproximación a esta ideología hace necesaria la presencia de uno de
los textos más antiguos de la humanidad, el I Ching o Libro de las mutaciones. Este
libro oracular es en esencia un texto sapiencial, ético y simbólico que ha influenciado
tanto a doctrinas y filosofías orientales como a la ciencia y al pensamiento
intelectual occidental.
El sistema oracular del I Ching se fundamenta en 64 signos (kua) o hexagramas
concebidos como imágenes representativas de lo que tiene lugar en el mundo; lo
que sucede en el cielo y sobre la tierra, de acuerdo con la concepción de una perpetua
transición recíproca entre los fenómenos. Estos 64 signos están formados por
combinaciones de dos líneas horizontales —una continua y otra discontinua—,
con las cuales se representa la dualidad de los principios contrarios y complementarios
de «yin y yang, dos energías polares universales que podríamos llamar positiva
y negativa».*
La polaridad entre yin y yang es siempre relativa e interdependiente, no puede
existir el uno sin el otro. Entre ambos forman un equilibrio dinámico que los mantiene
en constante transformación, dentro del cual encuentran la armonía y la estabilidad.
Cualidades que pueden ser aplicadas a todas las dualidades existentes,
entre ellas la dualidad de las palabras.
Gracias a las palabras, contamos con una estructura lingüística para definir y
nombrar lo que nos configura externa e internamente. Cada palabra nace por la
necesidad de representar a través del lenguaje lo que vemos, experimentamos y
sentimos. Cuando están asociadas con actitudes mentales, emociones o estados de
ánimo, las palabras reciben la carga emocional de lo que expresan, creándose una
dicotomía que lleva a designarlas como positivas o negativas.
Tomando como referencia los principios del I Ching, podemos entender que,
dependiendo de las circunstancias, las réplicas internas representan una respuesta
de adaptación o desadaptación. Por ello, resulta imposible evitar o negar las que
consideramos negativas, ya que existen y forman parte de esa fluctuación cíclica
que nos muestra el camino hacia el conocimiento de nosotros mismos.
La palabra escrita
La Tierra, único y fiel testigo de nuestro origen, atesora en su piel esa memoria
atávica que nos facilita el acceso a tiempos ancestrales. Cual tatuajes perennes, los
petroglifos y pictogramas que ha sabido resguardar durante siglos revelan los antecedentes
pictóricos de la palabra escrita.
De manera independiente, en distintas partes del mundo y en distintos tiempos,
las sociedades primitivas que poblaban nuestro planeta dieron forma a las primeras
representaciones simbólicas con las que se inicia la historia del arte y, posteriormente,
la evolución de la escritura. La frase de Voltaire «La escritura es la
pintura de la voz», me resulta idónea para enfatizar que, según mi apreciación, la
expresión escrita y la expresión artística guardan entre sí un origen común.
A partir de allí, nuestros antepasados emprendieron un recorrido ininterrumpido
y extenso en el que fueron construyendo las palabras donde encontraban el
reflejo silente de sus voces. Palabras con las que comenzarían a escribir el libro de
su propia historia y que, en su conjunto, constituirían la historia del mundo. Palabras
donde la voz de las emociones y el pensamiento encontrarían finalmente esa
dimensión física y visible que les concede la permanencia en el tiempo y la extensión
de la memoria.
Como parte natural del proceso evolutivo, cada cultura experimentó las transformaciones
necesarias para definirse en su escritura, donde surgieron los diferentes
alfabetos y silabarios que conocemos actualmente. De estas evoluciones destaca
particularmente la de la escritura china, que sin ser la escritura más antigua que
se conoce, como durante la evolución de sus logogramas estos no se condensaron
dentro de un sistema alfabético, mantuvo su estructura y la de sus caracteres bastante
afín durante los últimos 2.000 años, por lo que el chino podría ser definido
como el sistema de escritura más antiguo que existe en la actualidad.

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